MI EXPERIENCIA EN LA DANZA
Las danzas de Almonacid son un patrimonio muy valioso. Y digo las danzas, en plural, porque en realidad hay dos danzas, la de los diablos y la de las danzantas, con caracteres muy distintos, e incluso opuestos, que dotan a nuestras fiestas de una extraordinaria mezcla de colores, sensaciones, imágenes y sonidos. No os voy a contar aquí en qué consiste esto, porque ya lo sabéis (y si alguno no lo sabe, que consulte www.laendiablada.com)
Hoy, me gustaría compartir con vosotros mi experiencia en la danza de Almonacid. Durante muchos años, desde niño, fui diablo y he tenido la suerte de apreciar lo que significa formar parte de esa cadena secular que nos vincula a nuestra tierra y a nuestros antepasados. A veces me pregunto por qué entonces, cuando tenía una edad más apropiada, no formé parte de la danza. La vida lo lleva a uno por caminos inesperados y, a veces, cuando tienes algo valioso al alcance de la mano, lo dejas pasar y tienes que esperar mucho para poder volver a tener otra oportunidad.
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| Fotografía: JCCM |
Casi sin darme cuenta, había una semilla que germinó y creció, puede que tarde, quizá lentamente, pero que al final brotó con fuerza. Y la que sembró esa semilla, cuando apenas era un niño, fue Guadalupe Martínez Montalvo, para mí como una abuela, hija del mejor linaje de danzantes, de Demetrio “Chilí”, uno de los más renombrados alcaldes de la danza. Ojalá hubiera podido ver su cara, y la de mi querido Rafa, al contemplar a "su ojo derecho" vestido de danzante.
El caso es que llegó un momento en que la danza pertenecía por derecho propio a las mujeres, y entonces me dediqué a estudiarla y a intentar comprenderla mejor. Pero este año hubo algo distinto y raro: se necesitaba gente para completar la danza y un insólito, por lo poco frecuente, mensaje de whatsapp me hizo pensar mucho, y allá que me lancé. Eso sí, después de darle mil vueltas, no creáis que fue así a lo loco.
Siempre recordaré el día y el momento del domingo de
diciembre en que recibí la llamada de Nuria, que estaba reunida con el resto
del grupo, para decirme que sí, que adelante… ni os imagináis los calores que
me entraron en ese momento. Así que ya era el nuevo palillero. Me han dicho
muchas veces que podría haber ganado unas cuantas apuestas con esto, pero me lo
tomaba tan en serio que ni se me paso por la cabeza frivolizar con una cosa
así.
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| Fotografía hecha por Cora |
Y empezaron los ensayos. Uno está acostumbrado a hablar y
actuar en público, por mi profesión, pero eso no fue vacuna para la sensación
de niño que va a un cole nuevo que tuve cuando comenzó todo. También aquí te
das cuenta qué grande es la gente de mi pueblo. Yo podría ser, por edad, el
padre de las danzantas, pero me enseñaron, me acogieron y me integraron,
haciéndome sentir uno más. Y bendita paciencia que han tenido conmigo… Cuando
faltaba alguna, siempre la liaba en algún paloteo, por no hablar de las cintas,
que hubo que deshacer el palo unas cuantas veces porque me colaba o me
despistaba.
Pero al final, más o menos, aprendí y los distintos paloteos
y los distintos bailes. Desde dentro me han gustado tanto… tienen algo de
ancestral, pero a la vez son elegantes y sencillos. E incluso recuperamos “la
gallina” que llevaba ya años sin hacerse.
Y voy a mencionar a todas las componentes del grupo porque
se lo merecen y porque me apetece. Comenzando por Mamen, siempre al tanto de
todo, siempre con palabras de ánimo y que tiene madera de alcaldesa por muchos
años. Las veteranas: Natalia, Miriam, Lucía, Patricia, Candela y Belén, que nos
han ayudado tanto y que son chicas extraordinarias, siempre con una sonrisa y
buen rollo. Y luego mis compañeras novatas: Soraya y Ana, a las que les esperan
largos años y que le ponen muchísima ilusión. Y no puedo olvidarme de los
músicos: los dulzaineros Dani, Zumbi y Pablo (déjate ver un poco más, hombre),
los tamborileros Irene y Hugo. Y, por supuesto, Deme, del que siempre digo que es
como el presidente de honor de la danza, un hombre que mantiene el espíritu de la tradición y que,
además, el nexo que nos une con los antiguos grupos de danzantes.
Desde el momento en que supe que estaba dentro de la danza, comencé a escribir los dichos. Algunos me habéis dicho que os recordaban a los de Inocente Morales, o incluso algunos me preguntaban si había utilizado dichos suyos. No os imagináis lo contento que me pone eso, porque quise hacerlos en ese estilo. Si han sonado a dichos de Inocente que, para mí, era una persona extraordinaria, es el mejor halago. Durante casi un mes, mi única ocupación en los 25 minutos que tardo en llegar a mi trabajo era recitar mentalmente los dichos, que no es plan que se olviden a las primeras de cambio, además de darle vuelta a algunos versos que no me convencían. Muchas veces, componiendo los versos o recitándolos, acabo con lágrimas y comienzo a albergar dudas de que pueda decir todo sin quebrarme…
Y poco a poco va llegando la fecha. El día de San Ignacio
salgo de mi casa con el gorro de danzante y el arado. A la hora convenida,
desde la plaza, me coloco en posición, respiro hondo y comenzamos a danzar. En
la casa del señor alcalde, mi amigo (a qué poca gente podemos dirigir de verdad
esa hermosa palabra) se acuerda de mí en su discurso (y me puso más nervioso,
el jodío); después recorremos el pueblo, cansándonos un rato, como aperitivo.
Y despierta el día de la Candelaria. He dormido poco porque
estoy nervioso, y antes de las seis de la mañana ya estoy preparándome y me
dirijo a casa de mi madre. A las seis y media comienzan a vestirme y allí está
todo el equipo: Bienve y Almudena, Begoña y Esther, que va con el pequeño
Álvaro todavía dentro de su barriga. También está mi hermana Adriana, la mejor
hermana del mundo, mi madre que no puede perderse la ocasión (ojalá le hubiera
pillado esto hace 10 años) y mi mujer, Rosa, que a eso de las ocho se tiene que
ir un rato a vestir de diablo a mi hijo. Unas cosen, otras enhebran y Esther,
además, es el “control de calidad” (no se le pasa una). Hay café, rosquillos y
miguelitos (que se note que uno viene de Albacete). Durante casi tres horas me
cosen las cintas de las piernas, las bandas cruzadas en pecho y espalda, las
cintas que hacen la “V” y la “M” delante y detrás, las escarapelas, el fajín y
el mantón y las cintas de los codos. No se hace pesado, estamos de casquera,
pero no puedo dejar de sentirme culpable por haberles hecho pegarse ese
madrugón el día de la fiesta. Me dejan hecho un pincel y cuando me coloco el
gorro y me miro al espejo, el corazón se acelera: ahora sí soy un danzante.
Y comenzamos la diana. Las madrinas nos invitan a comer
algo, y vamos a ver a Socorro, viuda de Marino, que se emociona. No deja de
mirarme y se extraña de ver un danzante: le tengo que explicar quién soy. Aún
no sabíamos que era la última visita que le haría la danza. Descanse en paz.
La diana se hace llevadera, descansamos un rato y volvemos a
la plaza para hacer la culebra y el palo. Y, a la hora convenida, la danza abre
la comitiva para ir hacia la iglesia y comenzar la procesión. Durante una
hora y media no dejamos de danzar. Es duro: duelen los tobillos, los pies, los
hombros, y cuesta mucho mantener todo el tiempo los brazos en alto. Ser
danzante es muy cansado. Tengo esa sensación, que ya conocía siendo diablo, de
sacar fuerzas de donde sea para cumplir con lo que uno debe hacer y miras la
imagen de la Candelaria para encontrar energía.
Mucha gente me ha preguntado sobre la diferencia entre ser diablo y la danza. Os podía comentar bastantes cosas al respecto pero, ese día, la mayor diferencia no es ni el sudor ni el cansancio: es la falta de tranquilidad hasta que no se dice el dicho. Y es que conforme se va acercando el momento, la tensión aumenta. Por fin, te colocas delante de la imagen, respiras y comienzas.
Despierta con la luz del alba
tras larga noche de invierno
el pueblo de Almonacid
el día dos de febrero.
La experiencia es única: te abstraes del mundo y te centras en todo aquello que has querido decir y, en mi caso al menos, cómo conectas con una comunidad a la que perteneces desde que naciste.
Que nuestra sangre obliga,
que nos llama nuestro ser
que nuestro corazón late
por poder volverte a ver
Me acuerdo de mi padre:
Las porras son cinceladas,
los palos a torno hechos,
arado de finas piezas,
badajo de duro leño
hábiles manos fabrican
cual San José Carpintero.
Me acuerdo de mi querida Guadalupe:
Que gentes que me quisieron
sembraron en mí tu danza.
De danzantes fue el linaje,
Guadalupe, ¡qué añoranza
si pudieras ver mi traje!
Consigo resistir. Cuando terminas, notas mucha tensión acumulada, aprietas los dientes y tardas un buen rato en tranquilizarte y calmar las emociones. A todos los que habéis tenido unas palabras amables hacia mí después de mi dicho, gracias de corazón.
Al experimentar este momento, valoro mucho más lo que hacen
mis compañeras danzantas. A mi edad, con experiencia escénica, con costumbre de
hablar en público, y aún así no las tenía todas conmigo; si lo hubiera hecho
con 18 años, igual ni me sale la voz. Y, sin embargo, todas ellas lo hacen tan
bien, lo recitan con tanta emoción… Enhorabuena compis, porque hay que tener
coraje para hacerlo así.
Y así prosigue la fiesta. Cada momento es único y lo disfruto. Descubro que me encanta ponerme en la formación de la danza y escuchar el toque de la dulzaina marca el inicio. Eso sí, lo de pedir dinero para los paloteos… en fin, debo ser el peor palillero de la historia en eso. Incluso me echo algún paloteo en la plaza y, cómo no, en alguno me confundo…
El día de San Blas, parecido. Tardan un poco menos en vestirme, y voy con algo más de tranquilidad al dicho, pues ya no tengo miedo a lo desconocido, aunque son las mismas sensaciones.
No se concibe ni puede
nuestra razón admitir
males tan acrecentados
que faltemos hoy aquí.
No existe mal que lo impida,
ni fatiga nos alcanza.
No hay llaga que pretenda
que faltemos a tu danza.
Incansables nos mostramos
ante tu imagen divina
sacrificio que te damos
pidiéndote nuestra dicha.
Estás más cansado, pues la
procesión dura igual o más y las piernas ya duelen mucho. Pero por la tarde
estás liberado, pues lo más difícil ya ha pasado.
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| Fotografía: Redes sociales |
Luego viene la mañana de san Blasillo, que es cansada, pero ya con el pensamiento puesto en el final. La comida que hace la danza es un gran momento… nos reímos, recordamos, se danzan paloteos de nuevo y nos despedimos haciendo piña.
Y cuando me levanto al día siguiente, no puedo tener de
dejar la sensación de estar en una nube. Me siento muy bien, con una gran paz,
orgulloso y agradecido de haber participado en algo tan bonito.
Y no tengo más que gratitud:
- A mis compañeras danzantas y demás grupo de la danza: sois la leche. Sólo he visto unión, ayuda, ilusión y esfuerzo. Gracias, porque sin vosotras y las que fueron antes que vosotras el pueblo habría perdido una parte esencial de su fiesta.
- Al “equipo de costura del danzante”, a las que he empreñado toda la fiesta, y, encima, siempre estaban de buen humor, siempre con amor por el detalle y las cosas bien hechas.
- A mi familia, que me ha apoyado siempre. Espero haber estado a vuestra altura.
- A todos los que me habéis dado ánimos y habéis tenido unas palabras amables o me habéis felicitado.
Y ya falta muy poco para repetir. El año ha pasado muy rápido y ya se siente ese cosquilleo que nos entra cuando pensamos en nuestra fiesta. Nos vemos muy pronto para renovar emociones y sensaciones. Qué afortunados somos, tenemos la mejor fiesta del mundo.
¡Viva la Candelaria!
¡Viva San Blas!



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