Y ESTO, ¿QUIÉN LO PAGA? (HISTORIA DE NUESTRA IGLESIA II)
Hace un año (cómo pasa el tiempo), publiqué la primera parte de la historia de nuestra iglesia. No ha sido nada planificado y no
pretendo hacer una entrega de esta historia cada año, en plan el Señor de los
Anillos o Star Wars. Pero me ha salido así.
Habíamos dejado la antigua iglesia de Almonacid retestiná
de gente, juntos los hombres y las mujeres, fuera la mitad de los vecinos, unos
sentado encima de otros, con mucho jaleo y ruido, teniendo que apartarse de un
sitio a otro el día del Corpus... ah, y las autoridades sin poder sentarse por
culpa de las andas de la virgen del Rosario.
Así las cosas, los mayordomos de la iglesia, hartos de tan
irrespetuosas circunstancias, pidieron a los que recibían rentas procedentes de
la parroquia de Almonacid que soltaran la gallina, que arrimaran el hombro, porque aquello había que arreglarlo haciendo la iglesia más grande. Esta gente,
que se lo llevaba muerto, eran los canónigos prebendados de la santa iglesia catedral
de Cuenca, además del cura párroco de Almonacid, el arcediano de Alarcón y de
uno de los mayordomos de la iglesia parroquial de Tendilla, todos ellos
interesados en los diezmos de la parroquia de Almonacid.
Mencionemos el nombre de esta gente con un poco de retintín,
porque ya os adelanto que no me caen bien (discúlpenme que me cargue la necesaria apariencia de neutralidad del historiador, pero yo, en esto, siempre con la gente de Almonacid, como si jugara el Real Madrid):
Claudio Pimentel (Deán), Diego de Biancos Salcedo
(Arcediano), Antonio Anaya Abad (Coadjutor de Santiago), Alonso del Pozo
Palomino, Fernando de la Parra (doctor), Juan de Águila, Pedro Muñoz Ortega,
Juan Ayorbe de Ayora, Pedro de Sandoval, Francisco Olivera (mayordomo de la
iglesia de Tendilla) y el licenciado Francisco Millán (cura párroco de Almonacid).
Pues todos estos buenos señores dijeron que verdes las
han segado, que por aquí se va a Madrid, vamos, que ni hablar del
peluquín. Que esos ricos cuartos que les caían del cielo no eran para dar
mejor servicio a los fieles, sino para sus cositas.
El caso que la cosa debió indignar un poco a la gente de
nuestro pueblo y hubo uno, Bartolomé Sánchez el Viejo, mayordomo de la iglesia
parroquial de Santiago, que dio comienzo a un pleito contra los beneficiados de
la parroquia, en un proceso que se inició el 5 de octubre de 1633. En el
archivo municipal no se conserva completo el expediente del juicio y solamente tenemos
los testimonios aportados por el demandante, los cuales contaron todas las circunstancias
irreverentes que ya se comentaron en la anterior entrega. Los testigos eran
vecinos de Almonacid, aunque por ahí estaba don Diego de Briones Osorio,
justicia mayor de las villas de Villarejo, Almonacid y del marquesado de
Alconchel, y un señor de El Hito llamado Marcos Martínez.
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| Primera página del Pleito de Bartolomé Sánchez el Viejo contra los beneficiados de la iglesia de Santiago de Almonacid. |
Los gastos para las obras se calculaban en 2800 ducados en materiales y 1400 ducados en mano de obra. La fábrica parroquial generaba cada año unos 130 ducados.
No parece que los señores canónigos beneficiados de la santa
iglesia catedral de Cuenca se tomaran bien ese pleito. Ese… y otros, porque lo
mismo que se pretendía en Almonacid, se pretendía también en Belinchón y
Tarazona de la Mancha, así como la iglesia de Santo Domingo de Cuenca. Y es que
era época de poca fiesta, con una gran crisis, lejos de los buenos tiempos del
siglo XVI. Supongo que a los señores canónigos les entraron un poco los calores
al ver que desde varias parroquias se les pedía dinero y, ni cortos ni perezosos,
nos dedicaron ¡un libro! (bueno en realidad no es un libro, sino un “porcón”,
es decir, un escrito de alegaciones, pero un porcón muy bien hecho en imprenta
y todo).
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| Primera página del porcón dedicado, entre otros pueblos, a la parroquia de Almonacir del Marquesado |
Me encantan los títulos antiguos:
“Por el Dean y Cabildo de la Santa Iglesia de Cuenca, por
lo que le toca, y en nombre de los curas y beneficiados interesados en los
frutos decimales de las Iglesias parrochiales de Almonacir del Marquesado,
Belinchon, y Taraçona de dicho obispado, y de la de santo Domingo parrochial de
dicha ciudad, y en nombre de todos los otros curas y beneficiados de todo el
dicho obispado. Con las fabricas de dichas quatro Iglesias parrochiales, y sus
Mayordomos, y Concejos de las dichas villas, y con las demas de todo el dicho
obispado. Sobre las reedificaciones de dichas quatro Iglesias, y sus reparos y
de las demas de dicho obispado”
Bueno pues, básicamente este escrito venía a decir que de eso nada… que si querían gastar cuartos en la iglesia del pueblo, pues que a rascarse el bolsillo, que yo no quiero saber na. Con muchas y muy variadas razones (algunas tan peregrinas como que los Longobardos, en la antigua Italia, edificaban sus propias iglesias) y muchos juegos florales legales, se niegan en redondo. La principal razón aducida es la costumbre, el derecho consuetudinario, pero también llegan a nombrar al papa Gelasio, que había vivido mil años antes de todo este lío. También dicen que los fieles son los más interesados en la reparación y que son los “verdaderos interesados en tener templos” (estos señores sólo eran los supuestos líderes espirituales de la diócesis, cómo les iba a interesar a ellos eso… qué ocurrencias). Además, dan una lista de los gastos que otros pueblos habían hecho en sus iglesias sin pedirles a ellos ni un maravedí (no como vosotros, espabilaos).
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| Aquí las lindas palabras que dedican a los de nuestro pueblo los señores canónigos |
Y ahora viene el salseo. Dicen estos señores que la iglesia de Almonacid era “la más fuerte del obispado” (¡arrea!), y con el pretexto de que la “capilla mayor” era baja y no tan grande como la de sus vecinos, comenzaron a hacerla más grande sin informarles. Dicen que ellos no se enteraron de las obras hasta que, estando ya muy adelantadas, les llegó el pleito. Por eso afirman que ese gasto ha “de ser por su cuenta […] por ser gasto o impensa voluntaria o voluptuosa y no necesaria”. También dan un dato curioso, pues dicen que la obra se había previsto con el maestro en bóveda de arista, pero después quisieron hacerla de media naranja, lo que añadía otros 400 ducados al presupuesto. Vamos que aquellos antepasados nuestros eran unos fatuos y envidiosos, y así lo declaran expresamente: “les levaba más el gusto y la vanidad u ostentación que la necesidad”. No concuerda mucho eso con el ambiente de pobreza generalizado que se desprende de otros textos antiguos.
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| Almonacid según los canónigos / Almonacid según los del pueblo |
Pero aún hay más. Acusa a los promotores de la obra de haber declarado gastos de 50.000 reales, cuando en realidad eran 20.000, para repartírselos, lo cual dejan escrito “para que se manifiesten estos fraudes y segunda intención con que estos lugares o los colitortos de ellos, con capa de piedad, emprenden estas obras” (lo de colitorto no sé lo que es, creo que es un pájaro).
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| Colitortos, que sois unos colitortos, granujas. |
Como vemos, no estaban los señores canónigos para bromas. Y
es que, si este pleito hubiera prosperado, todos los lugares del obispado les
hubieran exigido esa contribución a sus templos, cosa que hubiera menguado bastante
sus sustanciosas rentas.
A pesar de lo que dijeran los canónigos, las obras no
debieron comenzarse o, si lo hicieron, debieron tener muy poco desarrollo, pues
unos 75 años después, en el año 1709, se dice que la iglesia continuaba muy vieja, algunas
partes deterioradas, y no se mencionan obras recientes:
“El material de esta fábrica es muy antiguo, y de cal y
canto por dentro y fuera. Necesita el campanario un reparo mayor, que es
entapizar con cal la pedrería p[or] estar ya p[or] las aguas muy gastada; se
compone la Yglesia de una nabe, y de zinco altares, que son sus retablos nuevos”
¿Cómo se solucionó el pleito? No lo sé, no he encontrado la
sentencia. Pero que la iglesia antigua continuara hasta 1709 indica que no se
pudo hacer mucho.
Hay otra cuestión que debemos tener en cuenta aquí: la crisis demográfica del siglo XVII. Cuando Bartolomé Sánchez “el Viejo” pleitea
contra todos aquellos señores, nuestro pueblo contaba con 150 vecinos. En unos
30-40 años la población había crecido uno 50%. Apenas 10 años después, en 1643,
se cuentan 104 vecinos, y en 1709, 80 vecinos. Es decir, la iglesia no se ensanchó,
pero sí disminuyeron los feligreses, por lo que el problema de la estrechez del
tempo igual ya no era tan acuciante.
Por fin, después de todos estos jaleos, en 1713 ya habían comenzado las obras de la nueva iglesia. Pero esto os lo contaré otro día.
Julián Sánchez Martínez
(NOTA: este blog tiene una intención divulgativa y, debido a ello, he omitido las fuentes bibliográficas y documentales. Si algún lector quisiera la fuente exacta de los datos que aparecen en el escrito, estaré gustoso de proporcionársela).





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