¿EL PEOR DÍA DE LA HISTORIA DE ALMONACID?
[DRAMATIZACIÓN]
Día 10 de junio del año 1804. Reina en España Carlos IV y
Napoleón ha sido proclamado emperador hace unos días.
El apacible pueblo de Almonacid se dispone a afrontar muy
pronto la siega de la mies trabajosamente cultivada durante el año. Hace buen
día y se oyen las voces de los chiquillos jugando por las calles empolvadas. Al
caer la tarde, Manuel Martínez Zapata charlaba animadamente en la puerta de su
casa, situada en el Coso, con su vecino, Fernando Mudarra (*). Manuel giró la
cabeza hacia la Puebla y su semblante se tornó sombrío:
-
Se está poniendo “mu feo” por allí, por la
ermita la Puebla, Fernando.
-
Ya veo… esperemos que no apredree.
-
Voy a avisar a los críos que guarden los
animales, que tiene pinta de que esa nube va a reventar.
-
Yo también, con Dios.
-
Con Dios.
Se despidieron los dos vecinos y se metieron presurosamente
en su casa. Poco a poco la nube fue llegando al pueblo. Viento, truenos y luego
agua. No tardó mucho en empezar a caer granizo. Mucho granizo. Los almonaceños
miraban por la ventana angustiados, sintiendo sobre su espinazo un escalofrío
cada vez que pensaban que ese granizo, del tamaño del puño de un niño, los
condenaba una terrible aflicción: el hambre.
Durante dos largas horas, que se hicieron interminables, la
tormenta ametralló con su letal carga todos los campos del pueblo, dejándolos
desolados, los tallos del cereal quebrados y sus preciados granos, aún
verdosos, tirados en el suelo.
[FIN DRAMATIZACIÓN]
Aunque me he tomado alguna licencia, los hechos presentados
aquí son totalmente ciertos. Un año después, los documentos dicen que la nube
fue de “muy crecida piedra”, que cayó “por espacio de dos horas” y que “taló y
desoló todas las mieses y frutos de este término y jurisdicción”. El problema
es que eso fue sólo el principio de los “males que ocurrieron […] a este
desgraciado pueblo”.
Poco después la gente empezó a enfermar de “fiebres
terciarias”, término con el que identificaban entonces a la malaria. Sí,
estimado lector, la malaria, esa enfermedad que actualmente la asociamos a
documentales de la tele de otros países, era un problemón en la España de la
época. El mosquito picaba y, la fiebre se repetía en intervalos de tres días
(de ahí lo de “terciaria”). Almonacid sufrió una epidemia de malaria en esos
meses que, combinada con la escasez de alimento, fue letal.
El resultado no pudo ser más catastrófico: el hambre y la
enfermedad provocaron la muerte de buena parte del vecindario, y la emigración
de otros muchos. La población quedó en la mitad, según los documentos.
Los alcaldes, Juan José de la Torre y Manuel Rodríguez,
escriben desesperados buscando ayuda de la Real Hacienda, la cual concedió
perdonar las reales contribuciones, aliviando así un poco la situación. Aquí algunas de sus frases:
“por haver subvenido este vecindario a la mitad de sus
vecinos”
“hallanse enteramente arruinados a causa de la notoria
escasez, y crecida epidemia de terciarias y otros males que ocurrieron en el
próximo pasado año a este desgraciado pueblo”
“por los infortunios y contra tiempos tan públicos y
notorios que han padecido se halla totalmente despoblada”
“reducidamente han quedado la mitad de sus vecinos por haber
fallecido la mayor parte y otros ausentado a otras provincias”
Desde luego, el panorama era “minino”. Y lo que no se
cuenta, pues a estas enfermedades, sin la fortaleza que proporciona el
alimento, sucumben muchos niños.
¿El resultado de todo esto? En Almonacid había en 1792 un
total de 180 vecinos (entre 700 y 800 habitantes) y en 1805 había disminuido a
138 vecinos (unos 550-600 habitantes). Hay que tener en cuenta que entre 1792 y
1804 la población seguramente aumentó bastante, en línea con lo que venía
sucediendo el siglo anterior.
Parece que incluso cuatro años después, em 1808, los
labradores del pueblo no se habían recuperado, pues se pide al pósito de la
ciudad de Huete (a cuyo partido pertenecía Almonacid entonces) que proporcione
grano para la siembra por una tempestad de piedra.
Una pequeña reflexión: cuando en nuestros tiempos hablamos
de crisis, me vienen a la cabeza estas gentes, pendientes siempre del cielo,
temerosas del hambre, de la carestía, de la convivencia diaria con la muerte,
incluso de los niños, y otras muchas cosas que nuestros abuelos vivieron… En
fin, qué diferentes se ven las cosas con la nevera llena.
* (no me invento a estos dos señores, que existieron de
verdad en esta época).
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