LA INQUISICIÓN EN ALMONACID


Para empezar, voy a ponerme un poco novelesco para contaros una historia de amor sin final feliz.

Juan de Cuenca, también llamado “del Oliva”, debía ser un joven impetuoso y, por qué no decirlo, algo picarón. Seguramente sentía un gran amor por Juana Fernández López, el cual sería correspondido por ésta. De otra manera, no se explica su forma de actuar.

 Hasta aquí, nada raro, dos jóvenes enamorados; sin embargo, había un ligero inconveniente que salvar: Juana estaba casada y, para mayor complicación, su marido era el tío carnal de Juan. El matrimonio parece ser que siempre andaba a la gresca, y mucho amor no debía existir en esta unión. No sabemos si lo planearon juntos, o si fue el fruto de una acción irreflexiva, pero el joven Juan, ni corto ni perezoso, aprovechó los problemas matrimoniales de su tío para llevarse a Juana lejos de Almonacid del Marquesado, el pequeño pueblo donde habitaban, hasta la villa de La Solana, en el arzobispado de Toledo, y allí, fingiendo que ambos eran solteros, llevarla al altar y darle el “sí, quiero”. Cuatro años vivieron felices como marido y mujer, aunque muchas veces se sintieran inquietos pensando en lo que sucedería si los descubrían.

Lamentablemente para los felices amantes, el marido afrentado, también llamado Juan del Oliva, no quedó conforme y, de acuerdo con su suegro (el padre de Juana), denunciaron los hechos al Tribunal del Santo Oficio de Cuenca. El idilio entre ambos acabó abruptamente: el suegro, Juan López de San Bartolomé, encontró a su hija, la ató y, así, humillada, llegó de nuevo a Almonacid para ser, a continuación, desterrada. Y sobre Juan cayó todo el peso de la ley. La Inquisición interpretó que había mancillado el sagrado vínculo del matrimonio, y lo condenó a una pena ultrajante.

Juan no olvidaría fácilmente aquel gélido día de febrero del año del Señor de 1524. Tras desnudarlo, lo vistieron con una saya (el sambenito) y un capirote donde estaba escrito su delito. Para mayor escarnio, el sambenito colgaría después de la iglesia parroquial para que todo el mundo recordara su vergüenza. A continuación, lo sacaron del camarón oscuro y húmedo que hacía las veces de cárcel, dentro del Ayuntamiento. Atado, lo montaron en un asno, mirando hacia atrás y, así, comenzaron a recorrer las embarradas calles de Almonacid mientras el pregonero vociferaba a los cuatro vientos la condena por sus vergonzosos actos. Todos los vecinos del pueblo lo vieron pasar por su puerta. Algunos se compadecían por su suerte, pero otros lo insultaban a su paso y le escupían, o le tiraban inmundicias. A sus lados iban, caminando o a caballo, con ademán altanero y orgulloso, los familiares de la Inquisición de la villa. Cuando llegaron a la plaza, frente al Ayuntamiento, lo amarraron a la picota y el verdugo lo azotó cien veces con metódica regularidad, quedando su cuerpo ensangrentado, sin sentido, tirado en el suelo hasta que su madre acudió a limpiarle las heridas. Triste final para una historia de amor.


Penitentes condenados por la inquisición con el sambenito. Si en el sambenito aparecen dibujadas unas llamas, es que la cosa estaba regulera, porque te iban a quemar vivo.


El lector me disculpará la dramatización de estos hechos, pero, en lo sustancial, todos los personajes y sucesos son reales. Juan de Cuenca, alias “del Oliva” tiene el dudoso honor de ser el primer vecino de Almonacid procesado y condenado por la Inquisición de Cuenca. Tras él vendrían otros ocho vecinos que sufrieron las actuaciones inquisitoriales, cuyos procesos encontramos en el Archivo Diocesano de Cuenca (los inquisidores tenían la manía de escribirlo todo, hasta las vueltas de garrucha que daban en los tormentos al pobre reo); de ellos, cuatro fueron condenados a diversas penas, casi todas ellas leves. No pensemos encontrar en Almonacid grandes procesos con herejes, brujas o judaizantes quemados vivos en un auto de fe. La mayoría de los casos quedaron en suspenso y algunos nos parecerían hoy en día más dignos del cotilleo vecinal que del terrible tribunal de la Inquisición. Sin embargo, los vigilantes de la ortodoxia religiosa, podían ver en ellos ligeras desviaciones de la doctrina, las cuales debían corregirse.


Uno de los sambenitos conservados en la catedral de Tuy. El condenado no sólo debía afrontar la pena, sino también la vergüenza pública durante mucho tiempo, pues el sambenito se colgaba en la iglesia para que nadie se olvidara.


Uno de esos procesos tuvo lugar en el año 1590, y contó como protagonista a un pastor “viejo y viudo” llamado Pedro Rincón. Se hallaba el susodicho en el campo entablando agradable conversación con Miguel Hernández, Pedro de la Torre del Hito, ambos vecinos de Almonacid, y otros mozos del pueblo. Los mozos no hacían más que pinchar al pobre pastor, diciéndole que se casara de nuevo, pero Pedro Rincón tenía claro que lo del matrimonio ya no era para él. Entonces los mozos le preguntaron algo así como (dramatización):

-          - A ver, Pedro, si no te casas, ¿cómo vas a espantar las tentaciones carnales?

 El pastor, que era un hombre pragmático, les respondió:

-          - No es menester que os cuidéis de eso, que pagando yo un real, ya hallaré una mujer dispuesta para el caso.

Los mozos, desde luego, no se iban a quedar conformes sin reírse un poco más del pobre viejo y siguieron incordiando:

-          - Pero, ¡hombre de Dios! ¿Tú no ves que eso es pecado?

Y Pedro Rincón, que debía ser un hombre espontáneo y castizo respondió:

-          - ¡Agora mi padre!, pagándole no es pecado (esta frase figura así literalmente en el expediente inquisitorial).

Aquí fue cuando todos se quedaron callados… (¡huyyy lo que ha dichooo!).

No tardaron los contertulios en acudir con el cuento al cura de Puebla de Almenara, el comisario de la Inquisición más cercano, auténtico pez gordo, que puso en marcha toda la máquina del tribunal. El fiscal acusó Pedro Rincón por esta afirmación nada menos que de hereje:

Con poco temor de Dios, Nuestro Señor, y en gran daño de su conciencia y condena de su alma ha hereticado y apostatado de nuestra santa fe católica […] estando en la falsa y reprobada secta de diversos herejes que, entre otros errores y herejías, afirman que la simple fornicación no es pecado, creyendo que la dicha secta era buena y en ella se habría de salvar” (lo he transcrito al castellano moderno para una mejor comprensión)

Afortunadamente para el pastor, el tribunal se conformó con imponerle una multa de dos ducados y hacer pública penitencia, tras confesar su “delito”. No es de extrañar que, después de tan agradable experiencia y de tan simpáticos vecinos, Pedro Rincón se largara de Almonacid hasta la villa de Pineda (supongo que Pineda de Cigüela), de donde era natural.

Primera página del expediente inquisitorial contra Pedro Rincón

Este caso es una muestra de cómo actuaba el tribunal: si Pedro Rincón simplemente hubiera hecho lo que pensaba, nadie se hubiera metido con él; pero al decir que fornicar no era pecado, no aceptaba la doctrina de la Iglesia, y, por tanto, debía ser reconvenido. Es decir, no se perseguían los hechos pecaminosos, sino la afirmación de que tales hechos no eran pecaminosos. Es lo que se llamaba delito de “palabras”.

También pecó de palabras el sacristán de “Almonacirejo del Marquesado”, llamado Pedro Solórzano. Este sacristán, que debía tener un carácter bastante fuerte, se hallaba en la iglesia parroquial de Santiago el día de la Santísima Trinidad del año 1554, cuando vio entrar a Jonás de la Torre y, claro, se armó la de San Quintín. Pedro Solórzano le recriminó duramente el haber dejado morir a sus padres sin confesión y que, una vez heredó de ellos, no encargó ninguna misa por el descanso de sus almas. Todo ello salpicado de palabras como “bellaco” y otras lindezas, que parece ambos se regalaron mutuamente. Cómo se pondría la cosa, que la Inquisición condenó al sacristán a hacer pública penitencia compareciendo en la misa sin bonete, todo el tiempo de pie ante los fieles, con una vela en la mano, lo cual en realidad era ridiculizarlo públicamente como escarmiento.

Primera página del expediente inquisitorial contra Pedro de Solórzano, sacristán de Almonacirejo del Marquesado

Otros dos vecinos de Almonacid procesados por palabras fueron Diego Muñoz, en 1628 y Miguel Gómez en 1571, aunque ambos procesos quedaron en suspenso.

José Camargo, sacerdote perteneciente al colegio de los jesuitas de Villarejo de Fuentes, residió en Almonacid y fue procesado en 1686 por solicitante, que no era otra cosa que el intentar abusar de las feligresas durante el momento de la confesión lo cual equivalía a violar el sagrado sacramento. Este problema fue tan frecuente que se acabó inventando el confesionario, un mueble que interponía una barrera física entre el cura y las fieles que se confesaban, evitando así el contacto con ellas.

Otros procesados por el Santo Oficio de Cuenca fueron Gaspar Hernández, por blasfemias (1568), Feliciano Martínez, igualmente por blasfemias (1704). También Pedro Fernández de la Oliva y Pedro Isidoro fueron delatados por convivir con mujeres casadas en 1709. Pero en esta época, la Inquisición ya había perdido fuerza y el asunto se saldó con promesas y lloros de los afectados. No hay ningún expediente inquisitorial más en Almonacid desde principios del siglo XVIII.

¿Cómo llegaba a enterarse el tribunal de Cuenca de todo esto? La respuesta es bastante sencilla: con una inmensa red de “chivatos”. Durante los siglos XVI y XVII la Inquisición contaba con numerosas solicitudes para ser comisario, notario, alguacil o un simple familiar del Santo Oficio. Los familiares de la Inquisición podían ser tus vecinos y había que andarse con mucho ojo delante de ellos. Familiar de la inquisición fue Bernardo de la Torre Zamorano, que vivió en Almonacid a principios del siglo XVII, y como tal se identifica en un pleito. Los familiares, por supuesto, debían demostrar limpieza de sangre, es decir, no tener antecedentes conversos en su familia. A cambio obtenían benevolencia en los procesos de la Inquisición, permiso para llevar ciertas armas y, aunque nos parezca mentira, prestigio social. Otras veces eran simples vecinos los que denunciaban, quizá para hacer méritos, como los que denunciaron a Pedro Rincón.

Comparado con otros pueblos, la Inquisición no tuvo mucho trabajo en Almonacid, cuyos casos parecen a nuestros ojos hoy más propios de chismorreos que de un proceso judicial. La ausencia de población morisca de forma permanente y de judíos conversos evitaron la posibilidad de procesos más graves en un pueblo tan humilde.


  (NOTA: este blog tiene una intención divulgativa y, debido a ello, he omitido las fuentes bibliográficas y documentales. Si algún lector quisiera la fuente exacta de los datos que aparecen en el escrito, estaré gustoso de proporcionársela).





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